Cada Martes Santo se repite el ritual. Toda la familia se reúne en torno a los que nos revestimos con el ruan y el esparto. Allí se mezclan la sorpresa de los más pequeños, las caricias de orgullo de mi madre, las lágrimas furtivas de mi padre, la ternura de quien decidió compartir con nosotros su vida. Cada gesto se prepara para ser memoria y hacerse raíz, cada silencio se colma de sabores, los tiempos se detienen para volverse a ordenar. Entre estos versos encontraréis el compás que mide mis pasos bajo el antifaz que cada noche de Martes de Gloria reposa sobre mi cama.